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ARQUITECTO OMAR RANCIER | TRAYECTORIAS DESTACADAS

ARQUITECTO OMAR RANCIER | TRAYECTORIAS DESTACADAS

Desde su posición como Decano de la Facultad de Arquitectura y Artes de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña, Omar Rancier tiene la oportunidad de observar cómo una generación de relevo se prepara cada día, para afrontar los retos futuros de una disciplina tan antigua como la humanidad misma.

Rancier asume su compromiso con la calidad humana y profesional que le han caracterizado, sin dejar a un lado sus conferencias, los escritos que publica con frecuencia, y esa mirada realista capaz de proponer soluciones viables ante las cosas que se pueden mejorar en nuestra ciudad
Lo definen como un profesional incisivo. ¿Se considera incisivo? Y su respuesta no se hizo esperar: «Sí. Yo creo que es importante el tema de la crítica, de poder discutir cuáles son las cosas buenas y cuáles son las malas, con todo el respeto del mundo. Por eso siempre cito a T. S. Eliot, el poeta norteamericano, que decía que la autocrítica y la crítica son el instrumento principal para un artista. Yo creo que sin crítica no hay posibilidad de desarrollo. Hablo de una crítica amplia, no negativa, sino una con evaluación de las virtudes y los defectos de una obra. Eso creo que es fundamental, y así lo expreso en mis escritos. Podría ser que eso me haga incisivo»

El dibujo que definió toda una trayectoria

Omar Rancier es el sexto y último hijo de los esposos Marina y Matías Rancier. Nos cuenta que su padre era un técnico telefónico y a madre, la cual era ama de casa, le gustaba mucho leer. «Soy de San Carlos, estudié la primaria en el Colegio Santo Niño de Atocha, que era un colegio pequeño que existía frente a la plaza San Carlos, al lado de la iglesia de San Carlos, cuando Santo Domingo tenía la escala bucólica todavía. El bachillerato lo hice en el Colegio La Milagrosa, que primero estuvo en la calle José Reyes, en la Zona Colonial, y después de la Revolución del 65 pasó a la calle Sánchez Ramírez, en la Zona Universitaria «.

Rancier pensaba, durante sus años en el bachillerato, que iba a estudiar medicina, pero como desde siempre le había gustado dibujar, todo cambió cuando un día vio a un compañero hacer unos dibujos técnicos. Según sus palabras, «eso me prendió algo adentro y finalmente entré a estudiar arquitectura, de lo que no me arrepiento».

«Estudié arquitectura en la Universidad Autónoma de Santo Domingo con unos maestros estupendos, entre los que estaban Manuel Salvador Gautier, Juanillo Zaragoza, Eduardo Selman, Espaillat Nanita, Eddy Rozas, Rafael Calventi, que me inculcaron un amor por la arquitectura hasta el punto de que, al salir de la universidad, seguía teniendo la necesidad de saber más».

«En ese momento, un grupo de compañeras arquitectas recién graduadas, mujeres todas, Sheila López, Edda Grullón, Angelita Burgos, Fátima Caram y Nouris Bello, crearon un grupo de estudio tratando de ampliar sus conocimientos sobre arquitectura y me invitaron a participar. Eso fue el génesis de lo que sería posteriormente el grupo Nueva Arquitectura (GNA)» .

Los aportes del grupo Nueva Arquitectura

«El grupo Nueva Arquitectura, marcó un inicio en la época mía de crítica, divulgación y organización de eventos. Yo creo que quizás el logro más importante del grupo, además de las Bienales de Arquitectura de Santo Domingo, fue la creación de una red de arquitectos caribeños de Puerto Rico, Jamaica, Cuba, Colombia y México, que permitió en los años 90, ya finalizando el siglo XX, crear una dinámica importante de conocimiento de lo que estábamos haciendo cada uno de nosotros en nuestros países. Siempre habíamos mirado más a Europa y Estados Unidos, y no conocíamos lo que estábamos haciendo en la región del Caribe».

Según nos cuenta Rancier, al conformarse el grupo Nueva Arquitectura lo hace con una de las primeras exposiciones sobre los temas que se realizan en Santo Domingo. «Habíamos realizado dos eventos que fueron muy exitosos, después de la primera exposición, que se realizó en Casa de Teatro. Hicimos Arquitectura 81 y Arquitectura 83 en la República Dominicana. Luego, con esa experiencia de esas dos exposiciones, propusimos hacer la Bienal de Santo Domingo, en 1986. De ahí en adelante se han realizado 13 bienales».

De la primera Bienal de Arquitectura, recuerda muy bien que fueron muchos los retos a los que se enfrentaron, como el financiamiento, que se logró gracias a algunas empresas que creyeron en ellos. También, dice Rancier, hubo que convencer a los arquitectos para que presentaran sus obras.

«La evolución ha sido evidente, si recordamos que la primera Bienal se hizo en un solo espacio de, en aquel entonces, la Galería de Arte Moderno. En la actualidad, la Bienal ocupa dos y tres niveles de esa institución, y se ha hecho cada vez más internacional».

En otro aspecto, destaca que lo que el grupo logró en ese momento, con esta iniciativa, fue tan importante que en 2003 recibieron, tanto Emilio Brea como el propio Rancier, el premio Henry Klumb de arquitectura, otorgado por el Colegio de Arquitectos y Arquitectos Paisajistas de Puerto Rico. Fue la primera vez que se dio ese premio a alguien que no fuera puertorriqueño.
«Otro aporte del grupo fue dar a conocer lo que estaban haciendo los arquitectos nuestros aquí, y desarrollar una campaña de divulgación de la arquitectura dominicana. Eso nos permitió organizar, con muchos esfuerzos, la Primera Bienal de Arquitectura de Santo Domingo, que fue en 1986.

Nosotros habíamos visto la bienal de Quito y la tomamos como modelo, y de ahí en adelante ya se han hecho 12 bienales con dificultades, pero se han hecho».

Sus inicios como profesional y como docente

«En términos profesionales, yo me formé en las oficinas de arquitectos e ingenieros como Máximo Brito Arache y Érvido Creales, así como en los talleres del arquitecto Eduardo Selman. Eso me permitió tener una idea, digamos, mucho más clara del oficio».

Posteriormente, Rancier trabajó en la oficina de Rodríguez Sandoval, y luego con Emilio Brea, con quien fundó una oficina de arquitectura y diseño que, básicamente, trabajó en el área de conservación. «Nosotros trabajamos en la restauración y conservación de la iglesia de Bánica, la única iglesia colonial que hay en la zona de la frontera, y tuvimos también la responsabilidad de la primera consolidación que se hace del Castillo del Cerro de San Cristóbal, que fue una de las casas de Trujillo».

«Luego comencé a trabajar en planificación. Yo era muy escéptico con el tema de la planificación y del urbanismo, porque entendía que tiene una condición política muy fuerte. Los técnicos proponen y los políticos disponen. Sin embargo, tuve la oportunidad de trabajar con un equipo maravilloso que lo dirigía Oscar Barahona, un arquitecto chileno que trabajó mucho tiempo aquí. Comenzamos a trabajar en un proyecto que se llamó RESURE, enfocado en la reestructuración económica, social y urbana de los barrios de la orilla de los ríos Ozama e Isabela. Eso también me dio la oportunidad de trabajar con la comunidad, trabajar en proyectos de mejoramiento, trabajar en procesos de esfuerzo propio y ayuda mutua, donde la misma gente construía, y eso me dio una perspectiva diferente de la planificación».

«Pude enfocar el trabajo en el tema de la planificación territorial y la planificación urbana, que son escalas diferentes, y eso lo hice participando primero con un proyecto de las Naciones Unidas, luego con el Consejo Nacional de Asuntos Urbanos (CONAU) y, al final con la Dirección de Ordenamiento Territorial´´.

En cuanto a su labor docente, comenta que siempre le gustó, justamente por la influencia de los magníficos profesores que pudo conocer en sus años como estudiante. «Desde siempre me gustó el estudio, poder discutir y trabajar el tema de la enseñanza. Yo comencé a dar clases de arquitectura a principios de los años 80, casi recién graduado, en la Universidad Central del Este, en un momento donde esa universidad comenzaba con mucho ímpetu y había un grupo grande de profesores que daban clases tanto aquí en la UNPHU como en la UASD. En la UCE comencé como profesor de diseño, luego pasé a Unibe, invitado por el arquitecto Raúl De Moya, y donde llegué a ser director de la Escuela de Arquitectura. Recuerdo que luego, en el año 86 o en el 87, Gustavo Moré, Cuquito, me invitó a que diera clases de teoría de la arquitectura aquí en la UNPHU. Ahí comenzamos a trabajar en las áreas de teoría, diseño, historia y, finalmente, en el área de urbanismo. Hace unos 17 años que me nombraron decano, y aún estamos aquí, dando la batalla, como se dice».

EL VALOR DE LA ARQUITECTURA

Rancier declara que ha pasado por varias etapas. «Me formé dentro del Movimiento Moderno, pero en mi proceso formativo irrumpió el Posmodernismo, que cautivó a muchos arquitectos. Sin embargo, ese movimiento envejeció muy rápido. Luego surgieron otras corrientes como el deconstructivismo, que no prosperó aquí por razones técnicas».

«He aprendido a valorar la arquitectura moderna como una de las más claras y sólidas de la historia. Aquí tuvimos grandes ejemplos, como el Hotel Jaragua, que, lamentablemente, fue una de las batallas que perdimos como grupo Nueva Arquitectura, o el edificio Copello, que, aunque maltrecho, sigue en pie. Muchas de estas obras están siendo documentadas por DOCOMOMO, la institución para la documentación y preservación de monumentos modernos».

«La arquitectura es un arte que requiere técnica. Es el arte más caro y difícil de exponer. Como decía Bruno Zevi, tú puedes colgar un Picasso en cualquier lado, pero para ver la obra de un arquitecto tienes que ir al sitio. La arquitectura da forma a las aspiraciones y necesidades de la sociedad, permite crear espacios funcionales, bellos, que inspiran a trabajar, meditar, producir. Es un constructo social que ayuda a mejorar la sociedad».

Rancier tiene nombres importantes entre sus arquitectos favoritos. Cita a Gaudí, Frank Lloyd Wright, Le Corbusier, Mies van der Rohe, Robert Venturi. En el país, admira a Erwin Cott, Plácido Piña, Marcelo Alburquerque, Óscar Imbert, Antonio Segundo Imbert, Cuquito Moré, entre otros. Porque, según nos cuenta, «son arquitectos que han sabido interpretar la cultura dominicana y traducirla en obras con identidad, fuerza y sentido de lugar».

Sobre el tema de la falta de identidad en la arquitectura dominicana, dice que es un problema grave. «Muchos intentan copiar patrones exógenos, sin pensar en nuestra cultura o clima. No podemos seguir haciendo edificios que gasten grandes cantidades de energía solo por aparentar modernidad. La arquitectura debe responder a su contexto

Entre lo estético y lo social

En la arquitectura no solo hay un componente estético, también hay un componente social. Un aspecto sobre el cual Rancier deja clara su posición: «Es el tema más importante en la arquitectura, porque tiene que ver con el bienestar colectivo. Y como tiene que ver con el bienestar colectivo, más que con la arquitectura como elemento particular, le corresponde al urbanismo y a la ciudad como organismo social. En ese sentido, construir una visión de una arquitectura que sea sostenible, no solo económicamente sino también socialmente, que sea inclusiva y que permita un desarrollo integral de todos los componentes, es el eje principal de toda visión de ciudad. Y cuando hablo de ciudad, me refiero a la ciudad como la suma de sus arquitecturas».

Además, aclara Rancier, «El aspecto social es fundamental, porque si una ciudad no es inclusiva ni sostenible, en un momento de crisis de cualquier tipo, nosotros como sociedad podríamos irnos a pique».

Para el arquitecto Omar Rancier es muy importante mantener una visión clara y realista sobre la ciudad de Santo Domingo. «Creo que es urgente prestar atención a lo que pasa con la ciudad de Santo Domingo. Desde la administración pública no se ha logrado construir una visión clara de ciudad. Se hacen planes dispersos: para el tránsito, para la vivienda, para el transporte… pero no hay un plan integral. Debemos pensar la ciudad como un todo y planificarla con todos sus componentes conectados. Solo así podremos tener una ciudad verdaderamente habitable».

La Sociedad de Arquitectos de República Dominicana

Rancier fue cofundador de la Sociedad de Arquitectos de República Dominicana. Una iniciativa producto de que los arquitectos no se encontraban protegidos dentro del CODIA, por lo que se propuso entonces crear esta sociedad, una idea que unió a importantes representantes del sector.

«Decidimos hacer una sociedad no para separarnos del CODIA, sino una sociedad que velara por los intereses de los arquitectos, y que se mantuviera en buenas relaciones con el Colegio Dominicano de Ingenieros y Arquitectos. La sociedad vino a ser un relevo, de alguna manera, del grupo Nueva Arquitectura, con el tema de las Bienales, ya que a partir de la VII Bienal, la Sociedad de Arquitectos, conjuntamente con el grupo Nueva Arquitectura, se ha hecho cargo de la Bienal. Y yo creo que ha sido una iniciativa interesante, porque le ha dado voz y presencia al arquitecto que, de alguna manera, se difuminaba dentro del CODIA. Así hemos logrado mayor presencia, que era uno de los objetivos que teníamos en el grupo Nueva Arquitectura. Nosotros nos definimos como un grupo de divulgación y crítica de la arquitectura dominicana».

Algunos reconocimientos

Entre los reconocimientos que ha recibido a lo largo de su carrera, Rancier cita el del Ayuntamiento, el del CODIA y, por supuesto, el de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña, por su trayectoria de más de 33 años de docencia.

La medalla Armando Mestre, que se otorga en Cuba, la recibió, sin ser cubano, como resultado de un momento en que los cubanos se acercaron mucho a los dominicanos gracias a la labor de divulgación de la arquitectura en el Caribe. «Básicamente hicimos una gran alianza con Cuba, y pudimos, inclusive, participar como jurado en la Bienal de Arquitectura de La Habana. Antes habíamos hecho, a finales de los años 90, el Primer Seminario Arquitectura y Urbanismo de Las Antillas. Se hizo el primero aquí en la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña, y el segundo se hizo justamente en Martinica. El último en el que pudimos participar fue en Santiago de Cuba».

Aportes desde su faceta de escritor

Desde el 2020, Rancier colabora con el portal Acento. Y todo comenzó a raíz de la pandemia que la humanidad vivió. «A mí me chocó mucho cómo respondía la ciudad ante el encierro: el silencio, la parálisis, y cómo nos enseñó de nuevo la importancia del espacio público. En ese sentido, hemos seguido colaborando a través de Fausto Rosario, el director de Acento, muy amigo mío, con el tema de la ciudad, ya que me interesa mucho el espacio público. Me interesa lo que pasa con las aceras. El último artículo trataba sobre eso.

También el tema de la vivienda, el tránsito y el transporte, que son fundamentales para el desarrollo de esta ciudad. Una ciudad que tiene todas las modalidades de transporte: metro, teleférico, autobuses, taxis, minibuses, voladoras, motoconchos, pero sin embargo no hay coordinación entre esos sistemas. Y lo que sigue ocurriendo es que el tránsito cada vez está peor. No hay régimen de consecuencias, ni leyes claras, ni un compromiso real, ni de las autoridades ni de los ciudadanos.

Son temas importantes para construir una ciudad dominicana funcional y habitable en el futuro».

Un libro sobre la calle El Conde

Para Rancier, la calle El Conde tiene una importancia extraordinaria en la ciudad de Santo Domingo. Es por ello por lo que se encuentra en los preparativos de un libro que destacará esta vía, porque en sí misma es un kilómetro de historia por su peso arquitectónico y social, desde La Colonia hasta la actualidad. Desde que fue trazada como eje principal en la ciudad de Ovando, hasta ser escenario de eventos recientes como la Marcha Verde, realizada en El Conde y en la Puerta del Conde.

«El Conde tiene una muestra de arquitectura de muy buena calidad a lo largo de todo su trayecto: obras de Guillermo González, Benigno Trueba o Humberto Ruiz Castillo, por citar algunos. Edificios como Baquero y Díez, o el Edificio Copello, que es la primera obra verdaderamente moderna en la arquitectura americana, y que fue sede del Gobierno Constitucionalista del coronel Caamaño».

«Es la única calle que comienza y termina en una plaza: inicia en la Plaza Colón (la antigua Plaza Mayor) y termina en la Plaza de la Independencia. El Conde se ha ido desvalorizando; se ha convertido en una especie de calle de segunda, con propuestas estéticas cuestionables. Es urgente prestarle atención porque representa a la ciudad»

El futuro, visto con los ojos del presente

Como docente que ha visto la evolución de la educación desde muchos puntos de vista, a Rancier le preocupan, especialmente, dos cosas: ´´Primero, la formación intelectual: hay que leer, estudiar historia. Si no conoces el pasado, repites sus errores. Segundo, el dibujo a mano. Ninguna computadora sustituye la relación entre mano y pensamiento. Yo les insisto a mis estudiantes en que investiguen, que no se conformen con Google o ChatGPT, y que dibujen a mano para conceptualizar mejor los espacios´´.

Y sobre la tecnología, piensa que, bien usada, es beneficiosa para la formación de todo arquitecto. «Si introduces datos erróneos en un software, el resultado será erróneo. La tecnología acelera los procesos, pero no los reemplaza. Muchos creen que la tecnología «piensa» por ellos, y no es así. La base sigue siendo conceptual e intelectual».

Conozco a Omar desde hace años. Desde que se graduó en la UASD, él ha estado ejerciendo la arquitectura, no solo a través de proyectos, sino también comprometido con los problemas de la ciudad. Lo ha hecho desde antes de graduarse, y su esfuerzo y trabajo es lo que lo ha llevado a ser decano de la UNPHU.

Hemos coincidido en muchos proyectos desde aquella época, yo de urbanismo y él de arquitectura, pero juntos hemos trabajado en muchas restauraciones en el urbanismo. Para mí ha sido un honor el hecho de ser compañero de Omar por tanto tiempo y compartir con él tantos proyectos, lo que ha aportado a estructurar y tener una nueva visión para esta nueva generación de arquitectos.

Conocí a Omar Rancier al mismo tiempo que a Emilio Brea, en una visita que ambos hicieron al departamento de historia de la arquitectura y urbanismo, en la Facultad de Arquitectura y Arte de la UNPHU, una mañana de 1981. Omar es un individuo de una educación y formación humana impecables; hemos tenido una relación sumamente productiva en el ámbito profesional y personal. Ha sido mi mentor, mi ejemplo, mi guía en muchas etapas de la vida.

Omar ha sido valiosísimo por sus textos tan específicos y tan amplios a la vez, y ha sido fundamental en la educación de una nueva generación de arquitectos dominicanos, desde su enorme trabajo en la UNPHU, y sobre todo, en su ejemplo de hombre de bien y de profesional íntegro.

(Del prólogo del libro “Reflexiones sobre el borde: momentos de pensamiento crítico.” De Omar Rancier, en proceso de edición).

El libro trata sobre las leyes secretas de la arquitectura que solo pueden ser manejadas por aquellos que poseen determinados atributos, entre ellos la cualidad de pensar y de manejar iniciativas sobre el espacio y el tiempo; la ocupación comunitaria del territorio; y la sensibilidad para crear la geografía humana e integrarla a los ecosistemas naturales.

Su autor está dotado de la escasa facultad de saber interpretar estos secretos. Pudo así dedicarse a descubrir las debilidades y fortalezas a que están sometidos, tanto los pueblos como las ciudades, y cuya administración constituye una profesión tan antigua como las normas que rigen su funcionamiento.

 

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