ARQUITECTO FRANC ORTEGA | TRAYECTORIAS DESTACADAS


Franc Ortega es uno de esos arquitectos que entienden su oficio no solo como una respuesta técnica, sino como una forma de diálogo con la vida. Desde muy joven, su pasión por el dibujo y el arte marcó el camino que, con los años, se convertiría en una vocación sólida y diversa: la arquitectura como ejercicio creativo, compromiso funcional y acto de sensibilidad. Al frente de Ortega Arquitectos, estudio fundado en 2002 junto a Liza Ortega, ha liderado proyectos que se caracterizan por su eficiencia, su claridad conceptual y una firme apuesta por la identidad de cada obra.
Más allá del diseño, Ortega ha construido una trayectoria que se nutre del trabajo colaborativo, de la escucha paciente y de la búsqueda de soluciones integrales que armonicen técnica, estética y entorno. Su visión de la arquitectura trasciende el objeto construido: entiende el espacio como el escenario donde ocurre la vida, y por eso se aproxima a cada proyecto con un sentido profundo de responsabilidad y belleza. En esta conversación, recorremos los aprendizajes, convicciones y pasiones que han dado forma a su camino.

Raíces y vocación temprana
Aunque nació en la ciudad de Santo Domingo, Franc Ortega se define como francomacorisano. Creció en San Francisco de Macorís hasta los 15 años, en un entorno familiar dominado por la medicina. Su padre, Rafael Ortega, era médico, y su madre, Violeta Martínez, técnica de laboratorio, pero también impregnado de cultura y arte. En su hogar se respiraba poesía, pintura y pensamiento. «Mi mamá pintaba, amaba la literatura. En casa se reunían poetas, pintores e intelectuales. Ese ambiente mixto me marcó profundamente».

De una familia de siete hermanos, Franc fue el único que estudió arquitectura, aunque no el único con inquietudes artísticas: uno de sus hermanos, ingeniero, pinta y esculpe; otro, médico, es también músico. Si bien soñaba con estudiar artes plásticas, sus padres lo persuadieron de optar por una carrera «más práctica». Así llegó a la arquitectura, una disciplina que, como él mismo dice, «es lo más parecido a las artes, pero con una aplicación mucho más concreta».
Franc está casado con Maribel Solís, quien además de ser su compañera de vida, también lo es de trabajo: «Es la administradora de nuestra oficina. Juntos formamos una familia de cinco. Tenemos tres hijos: Andrea, Gabriel y Vera. Y aunque ninguno se inclinó por la arquitectura, los tres heredaron cierta sensibilidad artística. Por ejemplo, Andrea disfruta dibujar, y Vera tiene un talento especial para la escritura», nos dice.
Formación y primeras experiencias
Estudió hasta segundo de bachillerato en San Francisco y luego se trasladó a Santo Domingo, donde terminó sus estudios en el Carol Morgan School. Finalizada su etapa escolar ingresó a la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña (UNPHU), donde se graduó como arquitecto en 1984. Durante sus años universitarios combinó estudios con trabajo en talleres de sus propios profesores, y forjó amistades claves como la de Rafael Álvarez, con quien ha colaborado extensamente a lo largo de su carrera.
Recuerda con especial gratitud a algunos de sus maestros, entre los que destaca a César Iván Feris, Pedro José Alfonso, Raúl de Moya, Radamés Díaz y doña Diana La Paz. “El taller de arquitectura de la UNPHU permanecía abierto toda la noche. Allí compartían generaciones distintas; aprendías tanto de los profesores como de los estudiantes más avanzados. Fue una experiencia vital para el desarrollo de mi carrera actual”.

Tras graduarse, vivió dos años en Estados Unidos trabajando para una firma de arquitectos. De regreso en República Dominicana, se integró a la empresa Nacional de Construcciones (Naco), responsable del desarrollo del emblemático sector homónimo de Santo Domingo, que contempló la construcción de edificaciones como Plaza Naco, el Centro Comercial Naco, el entonces Hotel Naco y el Hospital de las Fuerzas Armadas, concebido de manera inicial como Policlínico Naco, entre otros proyectos. Luego vino su independencia profesional.
Entre sus influencias profesional destaca a Le Corbusier, Rafael Calventi, Miguel Vila y Guillermo González, a quien reconoce como el iniciador de la arquitectura moderna en República Dominicana, al tiempo que deja claro su respeto por toda una generación que ha elevado el oficio.
Franc Ortega es un arquitecto con alma de artista, un pensador práctico que pone belleza, función y humanidad al mismo nivel. Su obra, tan diversa como consistente, es testimonio de una vocación cultivada con paciencia, pasión y una mirada siempre abierta al aprendizaje y a la colaboración.
Evolución profesional y filosofía de diseño
Las cosas han cambiado mucho, especialmente en el ámbito de la tecnología. «Cuando yo estudiaba, todo se hacía a mano: el lápiz, la escuadra, la mesa de dibujo… Hoy, en cambio,en el taller ya no queda ni una sola mesa de dibujo; todo se hace frente a una pantalla. Tuve que adaptarme, aprender a manejar esas nuevas herramientas, aunque no fue en un aula ni de forma académica. Lo hice por mi cuenta, con la práctica y la necesidad como maestras», relata nuestro entrevistado.

Franc inició su estudio como Franc Ortega y Asociados, nombre que hoy ha evolucionado a Ortega Arquitectos, fruto de la integración con el equipo de su sobrina Liza Ortega en 2002. Desde allí han desarrollado proyectos diversos, con una constante: «Cada obra debe tener identidad propia. Buscamos eficiencia en el uso de los recursos, evitar lo superfluo y lograr que cada diseño sea memorable», sostiene.
Su portafolio incluye desde residencias premiadas hasta complejos educativos y corporativos. Entre los más emblemáticos destaca el edificio de Claro, antes Verizon, en la avenida J. F. Kennedy, ganado por licitación ante reconocidos colegas dominicanos. También menciona con orgullo su participación en el diseño del colegio Heritage de Cap Cana y numerosas torres residenciales.
Ortega Arquitectos se destaca como un estudio design-build especializado en el desarrollo integral de proyectos arquitectónicos e interiores; enfoque que ofrece una fuente única para cada proyecto, fomenta el trabajo en equipo y propicia la colaboración. Para ellos, la relación construida durante la fase de diseño, es clave para asegurar que el camino esté allanado para un exitoso proyecto de construcción.
Por otro lado, una de las vertientes más enriquecedoras de su carrera ha sido la colaboración con firmas internacionales de prestigio, como RTKL (Novo Centro), el arquitecto británico John Heah y el renombrado Moshe Safdie. Ha trabajado en proyectos en Haití, Canadá y con arquitectos coreanos. Actualmente es la contraparte local del proyecto City Center, que se perfila como el centro comercial más grande del país.
Una visión integral de la arquitectura
Para Franc Ortega, la arquitectura va más allá de la estética o la funcionalidad. Es una disciplina compleja que requiere equilibrar seguridad, eficiencia, belleza, sostenibilidad y contexto urbano o natural.
El arquitecto crea el escenario donde transcurre la vida. Y ese entorno debe ser armonioso, bello, humano. La belleza es una necesidad del espíritu.
Su experiencia también le ha dado la capacidad de liderar proyectos complejos y coordinar especialidades diversas. Asegura que una de sus fortalezas es saber escuchar —al cliente, al entorno, al equipo— y mantener la paciencia incluso ante posturas difíciles: “Tienes que tener teflón emocional. Ser paciente, demostrar con argumentos. A veces un simple modelo 3D logra más que mil palabras.”
Con los años han tenido la oportunidad de colaborar con firmas de renombre de distintas partes del mundo, una experiencia que ha enriquecido su práctica. «Si tuviera que definir la visión del estudio, diría que hay una constante: procuramos que cada proyecto tenga su propia identidad. No nos interesa repetir fórmulas. Cada diseño es una respuesta única al contexto, al cliente y al propósito que lo inspira», manifiesta.

También buscan la eficiencia, tanto en lo material como en lo económico. Eso implica evitar desperdicios innecesarios, no solo en términos constructivos, sino también en lo estético: «Nos alejamos de lo superfluo, de esos elementos decorativos que encarecen una obra sin aportar verdadero valor funcional o visual. Preferimos materiales nobles, funcionales, que cumplan su propósito sin necesidad de recurrir al lujo innecesario», explica.
Y, por supuesto, siempre aspiran a que sus diseños sean memorables. Que alguien pase por uno de sus espacios y piense: «Qué interesante fue esto, qué bien resuelto está aquello». Que el recuerdo perdure.
En sus propias palabras, diseñar un edificio es como preparar un sancocho con muchos ingredientes: si no están bien equilibrados, si no se cocinan en su justa medida, el resultado no sirve. «Esa es, quizás, la mejor imagen de lo que significa ser arquitecto: armonizar lo técnico, lo funcional y lo humano, para que lo construido tenga sentido, cuerpo y alma».
Una forma de trabajar, una forma de ser
Cuando mira hacia atrás y piensa en el Franc que salía de la universidad e iniciaba sus primeros trabajos, se da cuenta de cuánto ha cambiado la forma en que entiende la arquitectura: «Espero, claro está, haber aprendido a hacer muchas cosas mejor. Con los años, y quizás con las canas, llega cierta autoridad, una libertad creativa que antes no se tiene. Al principio uno diseña para sobrevivir: aceptas encargos con los que quizá no estás del todo de acuerdo, porque necesitas validarte, ganar experiencia, construir una reputación, pero con el tiempo, cuando ya estás más establecido, cuando tus propuestas son escuchadas y respetadas, puedes decidir con mayor seguridad y coherencia. Esa libertad, esa capacidad de decir ‘esto es lo correcto’ sin titubeos, ha sido una de las grandes conquistas del tiempo», sostiene.
A nivel profesional, podría decirse que lo que más le caracteriza es la dedicación con la que atiende a sus clientes: «Me esfuerzo por responder con rapidez, por complacerlos en lo posible y por entender con precisión lo que necesitan. Esa cercanía y atención al detalle me ha permitido construir relaciones a largo plazo; muchos de mis clientes regresan, se convierten en clientes fijos. Pongo mucho énfasis en cumplir con el programa de necesidades que cada uno plantea: si el cliente necesita esto y aquello, me enfoco con rigor en dar una respuesta adecuada, sin desviaciones», puntualiza Ortega.
Con el tiempo ha aprendido también a coordinar con eficacia las distintas disciplinas que intervienen en un proyecto: estructuras, electricidad, plomería, sistemas especiales. «Esa experiencia me ha servido, especialmente en obras de gran escala, donde más que diseñar una pieza específica, lo fundamental es lograr que todo funcione en conjunto. La coordinación es clave. Actualmente, por ejemplo, estamos trabajando en el proyecto City Center, una obra ambiciosa, compleja, en la que todos esos saberes puestos en práctica hacen la diferencia», explica.
En el plano personal, me considero una persona abierta: «Escucho a todos, sin importar de dónde vengan ni cuál
sea su nivel de formación. Creo firmemente que cualquier persona puede aportar algo valioso, y esa apertura me ha permitido colaborar con muchos colegas, algunos muy distintos a mí, de manera fluida y respetuosa», aclara. No cree en el protagonismo, sino en el trabajo bien hecho. La arquitectura, al final, es una disciplina colectiva: «Uno puede tener una gran idea, pero si no se articula bien con los aspectos técnicos, económicos, normativos o hasta políticos del proyecto, esa idea se queda en papel».
Cuando un proyecto se convierte en algo memorable, no es solo por el diseño: hay una historia detrás que involucra gestión, coordinación, dirección, toma de decisiones difíciles. Saber navegar todos esos factores es parte de lo que define su forma de trabajar, y también, en buena medida, su personalidad.

La arquitectura como diálogo paciente
Cada cliente es un mundo. Todos, de algún modo, tienen nociones de arquitectura, porque todos viven en espacios diseñados: saben si un cuarto es amplio o estrecho, si entra luz, si se siente cómodo o no. Y, como todo lo que toca la vida cotidiana, también entra en juego lo subjetivo. «Hay clientes con gustos muy marcados, a veces difíciles de justificar racionalmente, y otros que llegan con ideas que uno, como arquitecto, sabe que no van a funcionar. Ahí entra un trabajo que va más allá del diseño: el de convencer, de mostrar con argumentos, o con un modelo 3D, que lo que proponen no es viable, y que hay alternativas mejores», narra desde su experiencia.
Frente a esto, Franc detalla que hay clientes que confían ciegamente desde el primer momento, y otros con los que hay que construir la confianza poco a poco. En ese proceso, cree que la paciencia ha sido una de sus mayores virtudes: «Saber escuchar, no tomarse nada como algo personal, tener esa ‘capa de teflón’ que permite filtrar los comentarios y enfocarse en encontrar soluciones. También me ha ayudado el saber colaborar, el entender que este no es un oficio de protagonistas, sino de equipos. He trabajado con muchos colegas, compartido proyectos con otros arquitectos, y siempre he creído que lo importante no es figurar, sino que el proyecto salga bien. Al final, como en una familia, hay que aprender a lidiar con cada personalidad y hacer que todo fluya», detalla.
La otra orilla: la pintura como espacio íntimo
Desde muy pequeño, el dibujo fue parte esencial de su mundo. «Desde que tengo uso de razón, me la pasaba dibujando», recuerda con una sonrisa. Tanto así, que en el colegio más de una vez se metió en problemas por llenar los cuadernos de garabatos mientras las clases seguían su curso. Nunca tomó clases formales de arte, pero el impulso creativo siempre estuvo ahí, constante, natural, como una extensión de sí mismo.

Su única experiencia académica en este ámbito fue con el escultor Antonio Prats Ventós, a quien tuvo como profesor en la universidad. «Era un profesor duro, muy exigente, pero con un conocimiento del arte impresionante», comenta. Prats Ventós impartía una materia llamada Expresión, en la que los estudiantes tenían que explorar distintos medios: pintura, escultura, collage… no como teoría, sino como ejercicio de creación. Fue, quizás, la única vez en que la exploración artística tuvo un marco académico para él, aunque lo verdaderamente formativo siempre fue la práctica personal.


«Conozco al arquitecto Franc Ortega desde que ambos teníamos veintitantos años. Siempre fue una persona afable, accesible y un buen amigo. Treinta y cinco años más tarde, la vida nos dio la oportunidad de trabajar juntos. Seguía siendo el mismo en lo personal, pero profesionalmente fue una grata sorpresa: siempre dispuesto a trabajar sin titubeos, capaz de dar forma a un diseño en cuestión de horas, literalmente, con una creatividad como pocas he visto. Además, es el único entre nuestros contemporáneos que domina personalmente, y con maestría, los programas de diseño más actuales, lo que le ha permitido crear verdaderas joyas arquitectónicas en los últimos cinco años que hemos colaborado. Desde entonces, no hemos mirado hacia ningún otro lado. Porque, más allá de su talento indiscutible y sobradamente demostrado, Franc sigue siendo el mismo amigo afable y cercano de aquellos años de juventud».

«Franc Ortega juega muchos roles en mi vida: es mi tío, mi socio, mi mentor y un ejemplo constante. Un ser humano excepcional: culto, sensible, coherente y generoso. Conoce profundamente el oficio, lo respeta, lo enseña y lo vive con pasión. Su forma de ser, curioso, exigente consigo mismo, solidario con los demás y profundamente apasionado por su trabajo, ha sido siempre una guía para mí. Compartir oficina y proyectos con él, es una experiencia constante de aprendizaje y crecimiento. Caminar juntos en Ortega Arquitectos es un honor y un privilegio para mí».

«Conocí a Franc Ortega en mi primer año en la Facultad de Arquitectura de la UNPHU y desde entonces supe que nuestra amistad no sería común. Lo unía todo: la locura compartida, esa manera ‘dañada’ de ver el mundo y transformar lo cotidiano en posibilidad. Con el tiempo, esa complicidad solo se hizo más fuerte. Franc es el hermano que la vida me dio. Aunque yo esté en Nueva York y él en la República Dominicana, seguimos conectados, ahora a través de largas charlas por Zoom, compartiendo ideas, dudas y proyectos. Lo admiro profundamente como profesional: su creatividad, su visión y su capacidad de construir belleza en contextos complejos es admirable. Tiene paciencia, intuición y una fe inquebrantable en el acto de crear».